miércoles, 15 de octubre de 2014

LA REGENERACIÓN

Cuando Nicodemo acudió al Señor Jesús, el Señor aprovechó la oportunidad para revelar la verdadera necesidad de la humanidad. El Señor, en la conversación que tuvo con Nicodemo, reveló que no importa cuán bueno sea el hombre, necesita ser regenerado. La regeneración es la necesidad principal del hombre. Tanto los hombres morales como los inmorales necesitan la regeneración. Muchos cristianos tienen el concepto erróneo de que las personas necesitan la regeneración simplemente por su condición caída. No obstante, aun si el hombre nunca hubiera caído, necesitaría la regeneración. Aun si Adán no hubiera caído, habría necesitado la regeneración. Ésta es la razón por la que Dios lo puso frente al árbol de la vida. Si Adán hubiera participado del árbol de la vida, habría sido regenerado.
     Como seres humanos tenemos la vida humana. El problema no depende de que nuestra vida humana sea buena o mala. No importa que clase de vida humana llevemos, mientras no tengamos la vida divina necesitaremos la regeneración. Ser regenerados simplemente significa tener la vida divina además de nuestra vida humana. El propósito eterno de Dios consiste en que el hombre sea un vaso para contener la vida divina. Nuestro ser con nuestra vida humana es un vaso para contener a Dios como vida. La vida divina es la meta de Dios, esta vida es Dios mismo. La meta de Dios consiste en que nosotros como poseedores de la vida humana, recibamos la vida divina como nuestra verdadera vida. Éste es el verdadero significado de la regeneración. Muchos cristianos no entienden claramente este hecho; piensan que la regeneración es necesaria simplemente porque somos seres caídos y pecaminosos. Conforme a este concepto, necesitamos la regeneración porque nuestra vida es mala y no puede ser mejorada. Este concepto es erróneo. Vuelvo a decirlo: si Adán jamás hubiera caído en el huerto del Edén, aun así, habría sido necesario que él fuese regenerado, que naciera de nuevo, para poder así recibir otra vida, la vida de Dios. Por lo tanto, ser regenerado equivale a recibir la vida divina, esto es, recibir a Dios mismo (1 Jn.5:11-13).
      ¿Cuál es el significado de la regeneración? La regeneración no es ninguna clase de superación personal o refinamiento exterior, ni tampoco un mero cambio o conversión que carece de vida. La regeneración es un nuevo nacimiento que trae una nueva vida. Es un asunto que depende absolutamente de la vida, no de hacer algo. La regeneración es simplemente tener una vida adicional a la que ya tenemos. Recibimos la vida humana de nuestros padres, pero ahora necesitamos recibir la vida divina de Dios. Así que la regeneración significa tener la vida divina de Dios, aparte de la vida humana que tenemos originalmente. Por lo tanto, la regeneración requiere otro nacimiento, para poder tener otra vida. Ser regenerado o nacer de nuevo no significa corregir nuestra vida humana. Más bien significa recibir la vida de Dios, así como nacer de nuestros padres significa recibir la vida de ellos. Ser regenerado es nacer de Dios (Jn. 1:13), y nacer de Dios es recibir la vida de Dios, esto es, la vida eterna (Jn.3:15-16). Si tenemos la vida de Dios, somos hijos de Dios, y esta vida nos da el derecho de llegar a ser hijos de Dios (Jn.1:12), porque por esta vida tenemos la naturaleza divina de Dios (2 P. 1:4) y también la relación de vida con Dios, o sea, la filiación (Ro. 8:15; Gá. 4:5-6; la palabra adopción en el griego significa “filiación”).
        Nicodemo buscaba enseñanzas, las cuales pertenecen al árbol del conocimiento; pero la respuesta del Señor lo condujo a la necesidad que tenía por la vida, la cual pertenece al árbol de la vida ( Gn. 2:9-17). El Señor le dijo a Nicodemo muy claramente que lo que necesitaba era nacer de nuevo (Jn.3:3-7). Así que, la verdadera necesidad del hombre consiste en ser regenerado con otra vida. Todos nosotros debemos entender que no necesitamos religión ni enseñanzas que nos regulen y corrijan, sino otra vida, la vida de Dios, la cual nos regenerará. El hombre necesita la regeneración porque necesita la vida divina. Por muy buenos que seamos, no tenemos la vida de Dios. Necesitamos otro nacimiento para recibir la vida de Dios con Su naturaleza divina. Aunque nosotros pensemos que somo buenos, debemos admitir que no tenemos la vida de Dios con Su naturaleza divina. Es necesario experimentar otro nacimiento, la regeneración, para poder recibir otra vida, que es la vida divina de Dios.En el versículo 3 el Señor dijo: “De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Y en el versículo 5 añadió: “De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Lo dicho por el Señor aquí revela claramente que la regeneración es la única entrada al reino de Dios. Para entrar en el reino de Dios, necesitamos nacer de nuevo. No existe otra manera de entrar al reino de Dios. El reino de Dios es Su reinado. Es una esfera divina a la que tenemos que entrar, una esfera o dominio que requiere la vida divina. Sólo la vida divina puede comprender las cosas divinas. Por esto, para ver el reino de Dios, o sea para entrar en el reino, se requiere la regeneración con la vida divina.
      La regeneración o nacer de nuevo, pone fin al hombre de la antigua creación y a todas sus obras, y hace germinar al hombre en la nueva creación con la vida divina. ¿Qué significa nacer de nuevo? Significa ser terminado por el ministerio de Juan por medio del agua, y ser germinado por el ministerio de Jesús mediante el Espíritu (Ro.6:4:3-6).
      Después de arrepentirse, el hombre debe creer en el Señor Jesús y aceptar Su ministerio de vida para así germinar. Para recibir la salvación, necesitamos arrepentirnos así como tener fe. El arrepentimiento es recibir el ministerio de Juan, y creer es aceptar el ministerio del Señor Jesús; en esto consiste la regeneración. Todos nosotros hemos pasado por el proceso de la regeneración. Ahora entendemos lo que significa nacer de agua y del Espíritu.
        Nicodemo creía que nacer de nuevo era volver al vientre de su madre y nacer otra vez. No comprendía que aunque pudiera hacer eso seguiría siendo carne.
       No importa cuantas veces una persona pueda nacer del vientre de su madre, seguirá siendo carne, porque la carne únicamente engendra carne. De manera que, el Señor le dijo a Nicodemo: “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6). La carne aquí denota al hombre natural con la vida natural. No importa cuantas veces podamos nacer de nuestros padres, seguiremos siendo personas naturales con la vida natural. Esto no cambiará nuestra naturaleza. Nacer de nuevo no es volver a nacer de nuestros padres, sino nacer de Dios el Espíritu, para tener Su vida divina con Su naturaleza divina, una vida con una naturaleza completamente diferente de nuestra vida con su naturaleza natural. Dios, nos hizo con un espíritu (Za.12:1; 1 Ts.5:23), con la intención de que un día pudiéramos ejercitar este espíritu para tener contacto con Él y recibirle en nuestro ser (1 Co. 15:45; 3:16; 6:17). La función del espíritu humano es tener contacto con Dios. La regeneración no es un asunto de nuestra mente, ni de nuestra parte emotiva, ni de nuestra voluntad, sino completamente un asunto de nuestro espíritu. Los versículos 12 y 13 de Juan 1 dicen: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. ¿En qué parte de nuestro ser nacemos de Dios? En nuestro espíritu. Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. Dios es Espíritu, y sólo un espíritu puede tocar al Espíritu. Sólo un espíritu puede nacer del Espíritu. Así que la regeneración es algo que ocurre exclusivamente en nuestro espíritu. No importa si tenemos una mente sobria, una emoción apropiada, o una voluntad férrea; estas partes pertenecen a otra esfera. La regeneración se lleva a cabo en la esfera de nuestro espíritu. Para ser regenerado no tenemos que ejercitar nuestra mente, emoción o voluntad. Simplemente olvidándonos de lo que somos, abramos nuestro ser al Señor Jesús y desde lo profundo de nuestro espíritu invoquemos el nombre del Señor, creyendo en Él. Si hacemos esto, inmediatamente Dios el Espíritu tocará nuestro espíritu.
        En el versículo 6 el Señor dijo: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. La regeneración no es un nacimiento de la carne, la cual sólo produce carne, sino que es un nacimiento del Espíritu, del Espíritu de Dios, que produce espíritu, nuestro espíritu regenerado. La carne es nuestro hombre natural, nuestro viejo hombre, o sea nuestro hombre exterior, nacido de nuestros padres, quienes son carne. Mientras que el espíritu, es decir, nuestro espíritu regenerado, es nuestro hombre espiritual, el nuevo hombre, o sea, nuestro hombre interior (2 Co. 4:16; Ef. 3:16), el cual es nacido de Dios, quien es el Espíritu.
        En el versículo 3 el Señor dijo: “De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Y en el versículo 5 añadió: “De cierto, de cierto te digo: Él que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Lo dicho por el Señor aquí revela claramente que la regeneración es la única entrada al reino de Dios. Para entrar en el reino de Dios, necesitamos nacer de nuevo. No existe otra manera de entrar al reino de Dios. El reino de Dios es Su reinado. Es una esfera divina a la que tenemos que entrar, una esfera o dominio que requiere la vida divina. Sólo la vida divina puede comprender las cosas divinas. Por esto, para ver el reino de Dios, o sea para entrar en el reino, se requiere la regeneración con la vida divina.
          Después de que el Señor pasó por la muerte, mediante la resurrección y en ella, Él liberó Su vida, y llegó a ser el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Ahora en resurrección Él es el Espíritu de vida (2 Co. 3:17) que posee todas las virtudes de Su obra redentora; y como tal, Él espera que creamos en Él. Una vez que hemos creído en Él, no sólo recibimos el perdón de los pecados y la liberación del poder maligno de las tinieblas de Satanás, sino que también recibimos al Espíritu de vida, esto es, al Señor mismo con la vida eterna de Dios (1 Jn.5:11-13). De esta manera somos salvos y regenerados. Es al creer en el Señor y en Su obra redentora y todo-inclusiva, que recibimos la vida de Dios y nacemos de Él para ser Sus hijos.

      Creer en el Señor significa recibirle (Jn. 1:12). El Señor puede ser recibido. Él ahora es el Espíritu vivificante, con Su redención completa, y como tal espera que lo recibamos. Nuestro espíritu es el órgano receptor. Podemos recibir al Espíritu del Señor en nuestro espíritu al creer en Él. Una vez que creemos en Él, Él como Espíritu entra en nuestro espíritu. Así somos regenerados por Él, quien es el Espíritu vivificante, y llegamos a ser un espíritu con Él (1 Co. 6:17). La frase el que cree en en los versículos 16, 18 y 36, literalmente debería traducirse “el que cree hacia adentro de Él”. Al creer en Él, entramos en Él para ser uno con Él, a fin de participar de Él y de todo lo que Él ha realizado por nosotros. Al creer en Él, somos identificados con Él en todo lo que es y en todo lo que ha experimentado, realizado, logrado y obtenido. A medida que llegamos a ser uno con Él creyendo en Él, somos salvos y regenerados por Él como vida. Es por medio de creer en Él que participamos de Él como vida y somos regenerados en Él.

        Que el Señor nos de un espíritu de sabiduría y de revelación.

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